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Fragmentos de la Mística Ciudad de Dios:
Jesús el el desierto, Rodeado por Angeles de Charles de La Fosse, 1690; The Hermitage, San Petersburgo, Rusia; http://www.wikipaintings.org
con las obras de sus heroicas virtudes nos diese las primeras lecciones de la vida cristiana y espiritual y nos enseñase a pelear y vencer en sus victorias, habiendo quebrantado primero con ellas las fuerzas de estos comunes enemigos, para que nuestra flaqueza los hallase más debilitados, si no queríamos entregarnos a ellos y restituírselas con nuestra propia voluntad.

Y no obstante que Su Majestad en cuanto Dios era superior infinitamente al demonio y en cuanto hombre tampoco tenía dolo ni pecado (1 Pe 2,22) sino suma santidad y señorío sobre todas las criaturas, quiso como hombre santo y justo vencer los vicios y a su autor, ofreciendo su humanidad santísima al conflicto de la tentación disimulando para esto la superioridad que tenía a los enemigos invisibles.
Prosiguió Cristo nuestro Señor desde el Río Jordán su camino al desierto, sin detenerse en él, después que se despidió del Bautista, y solos le asistieron y acompañaron los Ángeles, que como a su Rey y Señor le servían y veneraban con cánticos de loores divinos por las obras que iba ejecutando en remedio de la humana naturaleza. Llegó al puesto que en su voluntad llevaba prevenido, que era un despoblado entre algunos riscos y peñas secas, y entre ellas estaba una caverna o cueva muy oculta donde hizo alto y la eligió por su posada para los días de su santo ayuno.

Postróse en tierra con profundísima humildad y pegóse con ella, que era siempre el proemio de que usaban Su Majestad y la beatísima Madre para comenzar a orar; confesó al Eterno Padre y le dio gracias por las obras de su divina diestra y haberle dado por su beneplácito aquel puesto y soledad acomodado para su retiro, y al mismo desierto agradeció en su modo, con aceptarle, el haberle recibido para guardarle escondido del mundo el tiempo que convenía lo estuviese. Continuó Su Majestad la oración puesto en forma de cruz, y ésta fue la más repetida ocupación que en el desierto tuvo, pidiendo al Eterno Padre por la salvación humana, y algunas veces en estas peticiones sudaba sangre, por la razón que diré cuando llegue a la oración del huerto.
Comenzó Su Majestad el ayuno sin comer cosa alguna por los cuarenta días que perseveró en él, y le ofreció al eterno Padre para recompensa de los desórdenes y vicios que los hombres habían de cometer con el de la gula, aunque tan vil y abatido pero muy admitido y aun honrado en el mundo a cara descubierta; y al modo que Cristo nuestro Señor venció este vicio, venció todos los demás y recompensó las injurias que con ellos recibía el supremo Legislador y Juez de los hombres.

Y según la inteligencia que se me ha dado, para entrar nuestro Salvador en el oficio de predicador y maestro y para hacer el de Medianero y Redentor acerca del Padre, fue venciendo todos los vicios de los mortales y recompensando sus ofensas con el ejercicio de las virtudes tan contrarias al mundo, que con el ayuno recompensó nuestra gula, y aunque esto hizo por toda su vida santísima con su ardentísima caridad, pero especialmente destinó sus obras de infinito valor para este fin mientras ayunó en el desierto.
Y como un amoroso padre de muchos hijos que han cometido todos grandes delitos, por los cuales merecían horrendos castigos, va ofreciendo su hacienda para satisfacer por todos y reservar a los hijos delincuentes de la pena que debían recibir, así nuestro amoroso Padre y Hermano Jesús pagaba nuestras deudas y satisfacía por ellas: singularmente, en recompensa de nuestra soberbia ofreció su profundísima humildad; por nuestra avaricia, la pobreza voluntaria y desnudez de todo lo que era propio suyo; por las torpes delicias de los hombres ofreció su penitencia y aspereza, y por la ira y venganza, su mansedumbre y caridad con los enemigos; por nuestra pereza y tardanza, su diligentísima solicitud, y por las falsedades de los hombres y sus envidias ofreció en recompensa la candidísima y columbina sinceridad, verdad y dulzura de su amor y trato.

Y a este modo iba aplacando el justo Juez y solicitando el perdón para los hijos bastardos inobedientes, y no sólo les alcanzó el perdón sino que les mereció nueva gracia, dones y auxilios, para que con ellos mereciésemos su eterna compañía y la vista de su Padre y suya, en la participación y herencia de su gloria por toda la eternidad.
Mientras nuestro Salvador estuvo en el desierto hacía cada día trescientas genuflexiones y postraciones y otras tantas hacía la Reina Madre en su oratorio, y el tiempo que le restaba le ocupaba de ordinario en hacer cánticos con los Ángeles, como dije en el capítulo pasado. Y en esta imitación de Cristo nuestro Señor cooperó la divina Reina a todas las oraciones e impetraciones que hizo el Salvador y alcanzó las mismas victorias de los vicios y respectivamente los recompensó con sus heroicas virtudes y con los triunfos que ganó con ellas; de manera que si Cristo como Redentor nos mereció tantos bienes y recompensó y pagó nuestras deudas condignísimamente, María santísima como su coadjutora y Madre nuestra interpuso su misericordiosa intercesión con él y fue medianera cuanto era posible a pura criatura.
Salmo 91(90):1
Oración para la Cura Interna
Señor Jesús, viniste para curar
Nuestros corazones heridos y afligidos.
Te imploro que cures los tormentos que
Causan anxiedad en mi corazón;
Te ruego en un modo particular, que cures a Todos quienes son la causa del pecado.

Te ruego que entres en mi vida
Y me cures de todos los daños psicológicos
Que me golpearon en mis primeros años
Y de las injurias que me causaron
A través de mi vida.

Señor Jesús, Tu conoces mis pesares,
Los cuales los deposito todos en tu Buen Corazón Pastoral.
Te imploro - por los méritos de esa gran
y abierta herida en Tu corazón, que cures
las pequeñas heridas que son mias.
Sana el dolor de mis memorias,
Para que nada de lo que ma pasado
Me hará permanecer en dolor y angustia,
Lleno de anxiedad.

Sana, Oh Señor, Todas estas heridas
Que han sido la causa de todo
el mal arraigado en mi vida.
Quiero perdonar a todos aquellos que
me han ofendido.
Mira a esos moretones interiores
Los cuales me hacen incapaz de perdonar.
Tu quien viniste para perdonar a los afligidos del corazón,
Por favor, sana a mi propio corazón.

Sana, mi Señor Jesús, esas heridas íntimas
Que me causan mi dolencia física.
Te ofrezco mi corazón.
Acéptalo, Señor, purificalo y otórgame
Los Sentimientos de tu Divino Corazón.
Ayúdame a ser manso y humilde.

Sáname, Oh Señor,
Del dolor causado por la muerte
De mis seres queridos, el cual me oprime.
Permítame restaurar my paz y alegría
En el conocimiento que Tu eres
La Resurrección y la Vida.
Hazme un testigo auténtico
de Tu Resurrección,
Tu Victoria sobre el pecado y la muerte,
Tu viva presencia entre nosotros.
Amén
Oración por el Padre Gabriele Amorth de su libro Un Exorcista Cuenta Su Historia, Apéndice: Oraciones de Liberación; Ignatius Press; 1990
Todos estos fragmentos son de la Ciudad Mística de Dios de la Hermana María de Jesús de Agreda, manifestadas por Nuestra Señora
La Cuaresma - 40 Días en el Desierto - Jesucristo adquiere nuestros vicios para fortalecernos y sanarnos
 
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en la Santísima Virgen María
para la Gloria de Dios

se imparta (28 de Octubre, 2013)
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