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El Divino Pastor, nuestra Oveja de Dios
El Divino Pastor, nuestra Oveja de Dios
El Divino Pastor, nuestra Oveja de Dios
 
 
 


 
 
 
La Parábola de la Oveja Perdida

De Las Visiones de María Valtorta* (1897-1961)
De las Obras de Maria Valtora, Primera Parte sobre María Magdalena [4-233-27 (4-94-577)]
*(En Inglés llamada "El Poema del Hombre-Dios" y "El Evangelio como se me ha sido revelado")

"Y tus noventa-y-nueve buenas hermanas se regocijarán ante tu regreso, porque os digo, mi pequeñitas obejitas perdidas, las cuales he buscado, viendolas desde lejos: las ví y rescaté; os digo que hay más dicha entre los buenos sobre una que está perdida y que ha sido encontrada, que sobre las noventa-y-nueve que nunca dejaron al rebaño."

- Jesús completando la Parábola de la Oveja Perdida, sabiendo que María Magdalena lo está escuchando, escondida atrás de un árbol.


232.     Jesús está hablando a la gente. Desde encima del borde arbolado de un riachuelo, está hablando a numerosa gente esparcida por un campo de trigo ya recogido hace poco, que presenta el desolador aspecto de los rastrojos. Declina la tarde. La luna empieza a salir. Es un atardecer bello y claro de los primeros días de verano. Los rebaños regresan a sus rediles y se oye el din-don de los cencerros, que se mezcla con el cantar de los grillos y de las chicharras, un intenso cri, cri, cri. Jesús se inspira en los rebaños que están pasando.

Dice: Vuestro Padre Celestial es como un pastor solícito. ¿Qué hace un buen pastor? Busca pastos buenos para sus ovejas, donde no haya ni cicuta ni hierbas venenosas, sino dulces tréboles, buenas hierbas y raíces amargas aunque saludables. Busca lugares donde, además de comida, haya también un riachuelo fresco y puro, y sombra de árboles, y que no surjan las víboras entre el pasto. No trata de buscar los pastos de hierba alta, porque sabe que en ellos es fácil encontrar peligrosas culebras y hierbas nocivas; prefiere, más bien, los pastos montanos, de hierba no muy alta, donde el rocío limpia y da frescura a la tierna hierba y el sol la limpia de reptiles, donde el aire es fresco, ligero y no cargado y malsano, como en la llanura. El buen pastor observa a cada una de sus ovejas. Si están enfermas, las cuida; si heridas, las cura; llama a la que es demasiado glotona y corre el peligro de enfermarse; a la que enfermaría por estar demasiado expuesta a la humedad, o demasiado al sol, le dice que vaya a otro lado; y, si una está desganada y no come, trata de buscarle hierbas aciduladas y aromáticas para despertarle el apetito, y se las da con su propia mano, hablándole como a una persona amiga. Así hace el Padre que está en los Cielos con sus hijos que andan errantes por la tierra. Su amor es el cayado que los reúne; su voz, la guía; sus pastos, su Ley; su redil, el Cielo.

Pero, he aquí que una oveja le abandona. ¡Cuánto le amaba! Era joven, limpia, cándida, como una nubecilla en el cielo de abril. El pastor la veía con ojos llenos de amor, al pensar lo que podía hacer por ella. Pero ésta le abandona… Es que ha pasado, a lo largo del camino que bordea los pastos, un tentador. No tiene la casaca austera, sino un vestido de mil colores. No lleva cinturón de cuero de donde penden hacha y cuchillo, sino cinturón de oro del que penden cascabeles de plata, melodiosos cual canto de ruiseñor, y ampollas de perfumes embriagadores… No lleva tampoco bastón, como el pastor bueno, con que reunir y defender a las ovejas, y, si el bastón no fuera suficiente, las defenderá solícito con el hacha y el cuchillo y hasta con su vida. No, este tentador que pasa, tiene en sus manos un incensario brillante de piedras preciosas de donde emana un humo que es hedor y perfume al mismo tiempo, pero que aturde; de la misma forma los tornasoles de las joyas —¡qué falsas!— deslumbran. Pasa cantando mientras deja caer puñados de sal, de una sal que brilla en el camino oscuro… Noventa y nueve ovejas miran, pero permanecen donde están; la oveja número cien, la más joven y estimada, da un salto y desaparece detrás del tentador. El pastor la llama, pero ella no vuelve. Va más veloz que el viento para tratar de alcanzar al que ha pasado. Para tener fuerzas en su carrera, gusta aquella sal. La sal le entra dentro, le produce un extraño delirio que la abrasa. Por ello, siente necesidad de aguas profundas y verdes de una espesura tenebrosa, donde, siguiendo al tentador, se hunde y penetra, sube y baja y cae… una, dos, tres veces; y una, dos, tres veces siente alrededor de su cuello el contacto viscoso de reptiles. Queriendo beber, bebe aguas contaminadas; queriendo alimentarse, come hierbas brillantes por las babas asquerosas que las cubren.



 
La Parábola de la Oveja Perdida

De Las Visiones de María Valtorta* (1897-1961)
De las Obras de Maria Valtora, Primera Parte sobre María Magdalena [4-233-27 (4-94-577)]
*(En Inglés llamada "El Poema del Hombre-Dios" y "El Evangelio como se me ha sido revelado")

"Y tus noventa-y-nueve buenas hermanas se regocijarán ante tu regreso, porque os digo, mi pequeñitas obejitas perdidas, las cuales he buscado, viendolas desde lejos: las ví y rescaté; os digo que hay más dicha entre los buenos sobre una que está perdida y que ha sido encontrada, que sobre las noventa-y-nueve que nunca dejaron al rebaño."

- Jesús completando la Parábola de la Oveja Perdida, sabiendo que María Magdalena lo está escuchando, escondida atrás de un árbol.


232.     Jesús está hablando a la gente. Desde encima del borde arbolado de un riachuelo, está hablando a numerosa gente esparcida por un campo de trigo ya recogido hace poco, que presenta el desolador aspecto de los rastrojos. Declina la tarde. La luna empieza a salir. Es un atardecer bello y claro de los primeros días de verano. Los rebaños regresan a sus rediles y se oye el din-don de los cencerros, que se mezcla con el cantar de los grillos y de las chicharras, un intenso cri, cri, cri. Jesús se inspira en los rebaños que están pasando.

Dice: Vuestro Padre Celestial es como un pastor solícito. ¿Qué hace un buen pastor? Busca pastos buenos para sus ovejas, donde no haya ni cicuta ni hierbas venenosas, sino dulces tréboles, buenas hierbas y raíces amargas aunque saludables. Busca lugares donde, además de comida, haya también un riachuelo fresco y puro, y sombra de árboles, y que no surjan las víboras entre el pasto. No trata de buscar los pastos de hierba alta, porque sabe que en ellos es fácil encontrar peligrosas culebras y hierbas nocivas; prefiere, más bien, los pastos montanos, de hierba no muy alta, donde el rocío limpia y da frescura a la tierna hierba y el sol la limpia de reptiles, donde el aire es fresco, ligero y no cargado y malsano, como en la llanura. El buen pastor observa a cada una de sus ovejas. Si están enfermas, las cuida; si heridas, las cura; llama a la que es demasiado glotona y corre el peligro de enfermarse; a la que enfermaría por estar demasiado expuesta a la humedad, o demasiado al sol, le dice que vaya a otro lado; y, si una está desganada y no come, trata de buscarle hierbas aciduladas y aromáticas para despertarle el apetito, y se las da con su propia mano, hablándole como a una persona amiga. Así hace el Padre que está en los Cielos con sus hijos que andan errantes por la tierra. Su amor es el cayado que los reúne; su voz, la guía; sus pastos, su Ley; su redil, el Cielo.

Pero, he aquí que una oveja le abandona. ¡Cuánto le amaba! Era joven, limpia, cándida, como una nubecilla en el cielo de abril. El pastor la veía con ojos llenos de amor, al pensar lo que podía hacer por ella. Pero ésta le abandona… Es que ha pasado, a lo largo del camino que bordea los pastos, un tentador. No tiene la casaca austera, sino un vestido de mil colores. No lleva cinturón de cuero de donde penden hacha y cuchillo, sino cinturón de oro del que penden cascabeles de plata, melodiosos cual canto de ruiseñor, y ampollas de perfumes embriagadores… No lleva tampoco bastón, como el pastor bueno, con que reunir y defender a las ovejas, y, si el bastón no fuera suficiente, las defenderá solícito con el hacha y el cuchillo y hasta con su vida. No, este tentador que pasa, tiene en sus manos un incensario brillante de piedras preciosas de donde emana un humo que es hedor y perfume al mismo tiempo, pero que aturde; de la misma forma los tornasoles de las joyas —¡qué falsas!— deslumbran. Pasa cantando mientras deja caer puñados de sal, de una sal que brilla en el camino oscuro… Noventa y nueve ovejas miran, pero permanecen donde están; la oveja número cien, la más joven y estimada, da un salto y desaparece detrás del tentador. El pastor la llama, pero ella no vuelve. Va más veloz que el viento para tratar de alcanzar al que ha pasado. Para tener fuerzas en su carrera, gusta aquella sal. La sal le entra dentro, le produce un extraño delirio que la abrasa. Por ello, siente necesidad de aguas profundas y verdes de una espesura tenebrosa, donde, siguiendo al tentador, se hunde y penetra, sube y baja y cae… una, dos, tres veces; y una, dos, tres veces siente alrededor de su cuello el contacto viscoso de reptiles. Queriendo beber, bebe aguas contaminadas; queriendo alimentarse, come hierbas brillantes por las babas asquerosas que las cubren.



 
 
 


 
La Parábola de la Oveja Perdida

De Las Visiones de María Valtorta* (1897-1961)
De las Obras de Maria Valtora, Primera Parte sobre María Magdalena [4-233-27 (4-94-577)]
*(En Inglés llamada "El Poema del Hombre-Dios" y "El Evangelio como se me ha sido revelado")

"Y tus noventa-y-nueve buenas hermanas se regocijarán ante tu regreso, porque os digo, mi pequeñitas obejitas perdidas, las cuales he buscado, viendolas desde lejos: las ví y rescaté; os digo que hay más dicha entre los buenos sobre una que está perdida y que ha sido encontrada, que sobre las noventa-y-nueve que nunca dejaron al rebaño."

- Jesús completando la Parábola de la Oveja Perdida, sabiendo que María Magdalena lo está escuchando, escondida atrás de un árbol.


232.     Jesús está hablando a la gente. Desde encima del borde arbolado de un riachuelo, está hablando a numerosa gente esparcida por un campo de trigo ya recogido hace poco, que presenta el desolador aspecto de los rastrojos. Declina la tarde. La luna empieza a salir. Es un atardecer bello y claro de los primeros días de verano. Los rebaños regresan a sus rediles y se oye el din-don de los cencerros, que se mezcla con el cantar de los grillos y de las chicharras, un intenso cri, cri, cri. Jesús se inspira en los rebaños que están pasando.

Dice: Vuestro Padre Celestial es como un pastor solícito. ¿Qué hace un buen pastor? Busca pastos buenos para sus ovejas, donde no haya ni cicuta ni hierbas venenosas, sino dulces tréboles, buenas hierbas y raíces amargas aunque saludables. Busca lugares donde, además de comida, haya también un riachuelo fresco y puro, y sombra de árboles, y que no surjan las víboras entre el pasto. No trata de buscar los pastos de hierba alta, porque sabe que en ellos es fácil encontrar peligrosas culebras y hierbas nocivas; prefiere, más bien, los pastos montanos, de hierba no muy alta, donde el rocío limpia y da frescura a la tierna hierba y el sol la limpia de reptiles, donde el aire es fresco, ligero y no cargado y malsano, como en la llanura. El buen pastor observa a cada una de sus ovejas. Si están enfermas, las cuida; si heridas, las cura; llama a la que es demasiado glotona y corre el peligro de enfermarse; a la que enfermaría por estar demasiado expuesta a la humedad, o demasiado al sol, le dice que vaya a otro lado; y, si una está desganada y no come, trata de buscarle hierbas aciduladas y aromáticas para despertarle el apetito, y se las da con su propia mano, hablándole como a una persona amiga. Así hace el Padre que está en los Cielos con sus hijos que andan errantes por la tierra. Su amor es el cayado que los reúne; su voz, la guía; sus pastos, su Ley; su redil, el Cielo.

Pero, he aquí que una oveja le abandona. ¡Cuánto le amaba! Era joven, limpia, cándida, como una nubecilla en el cielo de abril. El pastor la veía con ojos llenos de amor, al pensar lo que podía hacer por ella. Pero ésta le abandona… Es que ha pasado, a lo largo del camino que bordea los pastos, un tentador. No tiene la casaca austera, sino un vestido de mil colores. No lleva cinturón de cuero de donde penden hacha y cuchillo, sino cinturón de oro del que penden cascabeles de plata, melodiosos cual canto de ruiseñor, y ampollas de perfumes embriagadores… No lleva tampoco bastón, como el pastor bueno, con que reunir y defender a las ovejas, y, si el bastón no fuera suficiente, las defenderá solícito con el hacha y el cuchillo y hasta con su vida. No, este tentador que pasa, tiene en sus manos un incensario brillante de piedras preciosas de donde emana un humo que es hedor y perfume al mismo tiempo, pero que aturde; de la misma forma los tornasoles de las joyas —¡qué falsas!— deslumbran. Pasa cantando mientras deja caer puñados de sal, de una sal que brilla en el camino oscuro… Noventa y nueve ovejas miran, pero permanecen donde están; la oveja número cien, la más joven y estimada, da un salto y desaparece detrás del tentador. El pastor la llama, pero ella no vuelve. Va más veloz que el viento para tratar de alcanzar al que ha pasado. Para tener fuerzas en su carrera, gusta aquella sal. La sal le entra dentro, le produce un extraño delirio que la abrasa. Por ello, siente necesidad de aguas profundas y verdes de una espesura tenebrosa, donde, siguiendo al tentador, se hunde y penetra, sube y baja y cae… una, dos, tres veces; y una, dos, tres veces siente alrededor de su cuello el contacto viscoso de reptiles. Queriendo beber, bebe aguas contaminadas; queriendo alimentarse, come hierbas brillantes por las babas asquerosas que las cubren.

 


 
 
 
Entre tanto ¿qué hace el buen pastor? Deja cerradas en lugar seguro las noventa y nueve fieles y se pone en camino. No deja de caminar hasta que encuentra huellas de su oveja perdida. Y como ella no regresa a él, a pesar de que sigue invitándole con sus gritos, él va a donde ella. La ve desde lejos, ebria, atrapada entre lazos de reptiles, tan ebria que no siente siquiera la nostalgia del rostro que la ama; antes bien, se burla de él. De nuevo la ve, culpable de haber penetrado cual ladrona en casa ajena, tan culpable que ya no se atreve a mirarle... Y, a pesar de todo, el pastor no se cansa... y continúa... la busca, la busca, la sigue, la acosa. Va llorando sobre las huellas de la oveja perdida: mechones de lana: pedazos de alma; manchas de sangre: crímenes diversos; suciedades: pruebas de su lujuria; él sigue adelante y la alcanza.

Te he encontrado, amada. ¡Te he alcanzado! Cuánto he caminado por ti, para llevarte de nuevo al redil. No agaches la frente humillada. Tu pecado está sepultado en mi corazón. Nadie, fuera de Mí que te amo, lo conocerá. Te defenderé de las críticas de los demás, te cubriré con mi persona como escudo contra las piedras de tus acusadores. ¡Ven! ¿Estás herida? ¡Oh muéstrame tus heridas! Las conozco pero quiero que me las muestres con la confianza que tenías conmigo cuando eras pura y me mirabas a Mí, tu pastor y Dios, con ojos inocentes. Aquí están las heridas. Todas tienen nombre.

¡Qué profundas son! ¿Quién te ha hecho estas heridas tan profundas en el fondo del corazón? Lo sé: el Tentador. Es el que no tiene bastón ni hacha, pero que causa mucho mal con su mordisco envenenado, y después de él hieren también las joyas falsas de su incensario que te sedujeron con su brillante color…y que eran en realidad piedras de azufre de infierno, sacadas a la luz para abrasarte el corazón. ¡Mira! ¡Cuántas heridas! Tu lana está desecha, tiene sangre, tiene cardos.

¡Oh pobre pequeña alma engañada! Pero dime: si Yo te perdono, ¿me amarás? Pero dime; si tiendo a ti los brazos, ¿vendrás a ellos? Dime: ¿tienes sed del amor bueno? Entonces ven y renace. Regresa a los pastos santos. Llora. Tu llanto y el mío lavan las huellas de tu pecado. Y Yo para alimentarte, pues estás enflaquecida por el mal en que has ardido, me abro el pecho, me abro las venas, y te digo: "¡Aliméntate y vive!". Ven, te tomaré en mis brazos. Iremos más veloces a los pastos santos y seguros. Olvidarás todo lo sucedido en esta hora desesperada. Tus noventa y nueve hermanas, las buenas, se alegrarán con tu regreso. Sí, porque Yo te lo aseguro - ovejita mía perdida a quien he buscado desde tierras muy lejanas, a quien he encontrado y he salvado - que los buenos hacen más fiesta por uno que, habiéndose extraviado, regresa, que no por noventa y nueve justos que jamás se han alejado del redil.

Jesús, en todo este tiempo, en ninguna ocasión se ha vuelto a mirar al camino que tiene a sus espaldas, a donde llegó, entre la penumbra del atardecer, María Magdalena, todavía elegantísima, pero al menos vestida y cubierta con un velo oscuro que no deja traslucir sus rasgos y sus contornos. Cuando Jesús dice: "Te he encontrado, amada", María se lleva sus manos bajo el velo y llora, con un llanto silencioso y continuo.

La gente no la ve porque ella está a este otro lado de la orilla del río, que bordea el camino. La ven solo la luna que ya está alta y el espíritu de Jesús....



 
 
 
Entre tanto ¿qué hace el buen pastor? Deja cerradas en lugar seguro las noventa y nueve fieles y se pone en camino. No deja de caminar hasta que encuentra huellas de su oveja perdida. Y como ella no regresa a él, a pesar de que sigue invitándole con sus gritos, él va a donde ella. La ve desde lejos, ebria, atrapada entre lazos de reptiles, tan ebria que no siente siquiera la nostalgia del rostro que la ama; antes bien, se burla de él. De nuevo la ve, culpable de haber penetrado cual ladrona en casa ajena, tan culpable que ya no se atreve a mirarle... Y, a pesar de todo, el pastor no se cansa... y continúa... la busca, la busca, la sigue, la acosa. Va llorando sobre las huellas de la oveja perdida: mechones de lana: pedazos de alma; manchas de sangre: crímenes diversos; suciedades: pruebas de su lujuria; él sigue adelante y la alcanza.

Te he encontrado, amada. ¡Te he alcanzado! Cuánto he caminado por ti, para llevarte de nuevo al redil. No agaches la frente humillada. Tu pecado está sepultado en mi corazón. Nadie, fuera de Mí que te amo, lo conocerá. Te defenderé de las críticas de los demás, te cubriré con mi persona como escudo contra las piedras de tus acusadores. ¡Ven! ¿Estás herida? ¡Oh muéstrame tus heridas! Las conozco pero quiero que me las muestres con la confianza que tenías conmigo cuando eras pura y me mirabas a Mí, tu pastor y Dios, con ojos inocentes. Aquí están las heridas. Todas tienen nombre.

¡Qué profundas son! ¿Quién te ha hecho estas heridas tan profundas en el fondo del corazón? Lo sé: el Tentador. Es el que no tiene bastón ni hacha, pero que causa mucho mal con su mordisco envenenado, y después de él hieren también las joyas falsas de su incensario que te sedujeron con su brillante color…y que eran en realidad piedras de azufre de infierno, sacadas a la luz para abrasarte el corazón. ¡Mira! ¡Cuántas heridas! Tu lana está desecha, tiene sangre, tiene cardos.

¡Oh pobre pequeña alma engañada! Pero dime: si Yo te perdono, ¿me amarás? Pero dime; si tiendo a ti los brazos, ¿vendrás a ellos? Dime: ¿tienes sed del amor bueno? Entonces ven y renace. Regresa a los pastos santos. Llora. Tu llanto y el mío lavan las huellas de tu pecado. Y Yo para alimentarte, pues estás enflaquecida por el mal en que has ardido, me abro el pecho, me abro las venas, y te digo: "¡Aliméntate y vive!". Ven, te tomaré en mis brazos. Iremos más veloces a los pastos santos y seguros. Olvidarás todo lo sucedido en esta hora desesperada. Tus noventa y nueve hermanas, las buenas, se alegrarán con tu regreso. Sí, porque Yo te lo aseguro - ovejita mía perdida a quien he buscado desde tierras muy lejanas, a quien he encontrado y he salvado - que los buenos hacen más fiesta por uno que, habiéndose extraviado, regresa, que no por noventa y nueve justos que jamás se han alejado del redil.

Jesús, en todo este tiempo, en ninguna ocasión se ha vuelto a mirar al camino que tiene a sus espaldas, a donde llegó, entre la penumbra del atardecer, María Magdalena, todavía elegantísima, pero al menos vestida y cubierta con un velo oscuro que no deja traslucir sus rasgos y sus contornos. Cuando Jesús dice: "Te he encontrado, amada", María se lleva sus manos bajo el velo y llora, con un llanto silencioso y continuo.

La gente no la ve porque ella está a este otro lado de la orilla del río, que bordea el camino. La ven solo la luna que ya está alta y el espíritu de Jesús....



 
 
 
 
 


 
Entre tanto ¿qué hace el buen pastor? Deja cerradas en lugar seguro las noventa y nueve fieles y se pone en camino. No deja de caminar hasta que encuentra huellas de su oveja perdida. Y como ella no regresa a él, a pesar de que sigue invitándole con sus gritos, él va a donde ella. La ve desde lejos, ebria, atrapada entre lazos de reptiles, tan ebria que no siente siquiera la nostalgia del rostro que la ama; antes bien, se burla de él. De nuevo la ve, culpable de haber penetrado cual ladrona en casa ajena, tan culpable que ya no se atreve a mirarle... Y, a pesar de todo, el pastor no se cansa... y continúa... la busca, la busca, la sigue, la acosa. Va llorando sobre las huellas de la oveja perdida: mechones de lana: pedazos de alma; manchas de sangre: crímenes diversos; suciedades: pruebas de su lujuria; él sigue adelante y la alcanza.

Te he encontrado, amada. ¡Te he alcanzado! Cuánto he caminado por ti, para llevarte de nuevo al redil. No agaches la frente humillada. Tu pecado está sepultado en mi corazón. Nadie, fuera de Mí que te amo, lo conocerá. Te defenderé de las críticas de los demás, te cubriré con mi persona como escudo contra las piedras de tus acusadores. ¡Ven! ¿Estás herida? ¡Oh muéstrame tus heridas! Las conozco pero quiero que me las muestres con la confianza que tenías conmigo cuando eras pura y me mirabas a Mí, tu pastor y Dios, con ojos inocentes. Aquí están las heridas. Todas tienen nombre.

¡Qué profundas son! ¿Quién te ha hecho estas heridas tan profundas en el fondo del corazón? Lo sé: el Tentador. Es el que no tiene bastón ni hacha, pero que causa mucho mal con su mordisco envenenado, y después de él hieren también las joyas falsas de su incensario que te sedujeron con su brillante color…y que eran en realidad piedras de azufre de infierno, sacadas a la luz para abrasarte el corazón. ¡Mira! ¡Cuántas heridas! Tu lana está desecha, tiene sangre, tiene cardos.

¡Oh pobre pequeña alma engañada! Pero dime: si Yo te perdono, ¿me amarás? Pero dime; si tiendo a ti los brazos, ¿vendrás a ellos? Dime: ¿tienes sed del amor bueno? Entonces ven y renace. Regresa a los pastos santos. Llora. Tu llanto y el mío lavan las huellas de tu pecado. Y Yo para alimentarte, pues estás enflaquecida por el mal en que has ardido, me abro el pecho, me abro las venas, y te digo: "¡Aliméntate y vive!". Ven, te tomaré en mis brazos. Iremos más veloces a los pastos santos y seguros. Olvidarás todo lo sucedido en esta hora desesperada. Tus noventa y nueve hermanas, las buenas, se alegrarán con tu regreso. Sí, porque Yo te lo aseguro - ovejita mía perdida a quien he buscado desde tierras muy lejanas, a quien he encontrado y he salvado - que los buenos hacen más fiesta por uno que, habiéndose extraviado, regresa, que no por noventa y nueve justos que jamás se han alejado del redil.

Jesús, en todo este tiempo, en ninguna ocasión se ha vuelto a mirar al camino que tiene a sus espaldas, a donde llegó, entre la penumbra del atardecer, María Magdalena, todavía elegantísima, pero al menos vestida y cubierta con un velo oscuro que no deja traslucir sus rasgos y sus contornos. Cuando Jesús dice: "Te he encontrado, amada", María se lleva sus manos bajo el velo y llora, con un llanto silencioso y continuo.

La gente no la ve porque ella está a este otro lado de la orilla del río, que bordea el camino. La ven solo la luna que ya está alta y el espíritu de Jesús....



 
 
 


Ecstasía de María Magdalena de Giovanni Gioseffo dal Sole (1654 - 1719); alrededor de los 1700s;
commons.wikimedia.org
 
 
 
El Segundo Domingo después del Domingo de Pascuas - El Domingo del Buen Pastor - El Divino Pastor, nuestra Oveja de Dios - La Parábola del Buen Pastor - de las Visiones de María Valtorta (1897-1961)

 
 

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X
OUR FATHER

Our Father, Who Art In Heaven
Hallowed Be Thy Name.
Thy Kingdom come,
Thy Will be done
On earth as it is in Heaven.
Give us this day our daily bread
And forgive us our trespasses
As we forgive those who trespass against us.
Liberate us from all temptation[*]
And deliver us from all evil. Amen



[*] Liberate us is in keeping with the original Latin text.
       God usually does not "lead us" to temptation
       (unless we are tested),
       but gives us the grace to overcome and/or resist it
X
HAIL MARY

Hail Mary, full of grace
The Lord is with thee.
Blessed art though among women,
And blessed is the fruit
Of thy womb, Jesus.
 
Holy Mary, Mary of God
Pray for us sinners
Now, and in the hour
Of our death. Amen


 
X
APOSTLE'S CREED

I believe in God, the Father Almighty Creator of Heaven and earth;
And in Jesus Christ, His Only Son, our Lord;
Who was conceived by the
[work and grace of the] Holy Ghost,[*]
Born of the Virgin Mary,
Suffered under Pontius Pilate,
Was crucified, died and was buried.
He descended into the Dead.[**]
On the third day, He rose again;
He ascended into Heaven,
And sits at the right hand of God,
the Father Almighty.
From thence he shall come to judge
the living and the dead.
 
I believe in the Holy Ghost,[*]
The Holy Catholic Church,
The communion of saints,
The forgiveness of sins.
The resurrection of the body,
And life everlasting. Amen


[*] Holy Ghost: may be substituted with the current Holy Spirit.
[**] the Dead: "inferi", the underworld or the dead in Latin.
X
GLORIA

Glory be to the Father, and to the Son,
and to the Holy Ghost[*],
as it was in the beginning, is now,
and ever shall be, world without end.
Amen

[*] Holy Ghost: may be substituted with the current Holy Spirit.
X
DE PROFUNDIS

Out of the depths I have cried to Thee, O Lord:
Lord, hear my voice.
Let Thine ears be attentive
to the voice of my supplication.

If thou, O Lord, wilt mark iniquities:
Lord, who shall abide it.
For with Thee there is merciful forgiveness:
and because of Thy law,
I have waited for Thee, O Lord.

My soul hath waited on His word:
my soul hath hoped in the Lord.
From the morning-watch even until night,
let Israel hope in the Lord.

For with the Lord there is mercy:
and with Him plenteous redemption.
And He shall redeem Israel
from all her iniquities.

Glory be to the Father, and to the Son,
and to the Holy Ghost[*],
as it was in the beginning, is now,
and ever shall be, world without end.
Amen

[*] Holy Ghost: may be substituted with the current Holy Spirit.
X
DE PROFUNDIS

Out of the depths I have cried to Thee, O Lord:
Lord, hear my voice.
Let Thine ears be attentive to the voice
of my supplication.

If thou, O Lord, wilt mark iniquities:
Lord, who shall abide it.
For with Thee there is merciful forgiveness:
and because of Thy law,
I have waited for Thee, O Lord.

My soul hath waited on His word:
my soul hath hoped in the Lord.
From the morning-watch even until night,
let Israel hope in the Lord.

For with the Lord there is mercy:
and with Him plenteous redemption.
And He shall redeem Israel
from all his iniquities.

V. Eternal rest give unto them, O Lord.
R. And let perpetual light shine upon them.
V. From the gate of hell.
R. Deliver their souls, O Lord.
V. May then reset in peace.
R. Amen.
V. O Lord, hear my prayer.
R. And let my cry come unto Thee.
V. The Lord be with you.
R. And with Thy Spirit.

(50 days indulgence to all who pray the De Profundis with V. and R.
"Requiem aeternam" (Eternal Rest) three times a day.
Pope Leo XIII, February 3, 1888)


Let us pray:
O God, the Creator and Redeemer of all
the faithful, we beseech Thee to grant
to the souls of Thy servants the remission
of their sins, so that by our prayers
they may obtain pardon for which they long.
O Lord, who lives and reigns,
world without end. Amen

May they rest in peace. Amen

X
PADRE NUESTRO

Padre Nuestro,
que estas en los Cielos
Santificado sea Tu Nombre;
Venga a nosotros tu Reino;
Hágase Tu Voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
Perdona nuestras ofensas,
Como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden,
No nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén
 
X
AVE MARÍA

Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
El Señor es Contigo;
Bendita Tú eres
entre todas las mujeres,
Y bendito es el fruto
De tu vientre, Jesús.
 
Santa María,
Madre de Dios,
Ruega por nosotros
pecadores,
Ahora y en la hora
De nuestra muerte.
Amén
 
X
CREDO

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo,
Su único Hijo, Nuestro Señor,
Que fue concebido por obra
y gracia del Espíritu Santo,
Nació de la Santa María Virgen;
Padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
Fue crucificado, muerto y sepultado,
Descendió a los infiernos,
Al tercer día resucitó de entre los muertos,
Subió a los cielos
Y está sentado a la derecha de Dios,
Padre Todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar
a los vivos y a los muertos.

Creo en el Espíritu Santo,
La Santa Iglesia Católica,
La comunión de los santos,
El perdón de los pecados,
La resurrección de la carne
Y la vida eterna. Amén
 
 
X
DE PROFUNDIS

Desde lo hondo a Ti grito, Señor; Señor,
escucha mi voz;
Estén Tus oidos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.
Mi alma espera en el Señor.

Espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarda Israel al Señor.

Como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia.
la redención copiosa;
y Él redimirá a Israel de todos sus delitos.

Gloria al Padre, al Hijo y al
Espíritu Santo,
como es desde el principio,
es ahora y será por los siglos de los siglos.
Amén

X
GLORIA

Gloria al Padre, al Hijo y al
Espíritu Santo,
como es desde el principio,
es ahora y será por los siglos de los siglos.
Amén

X
DE PROFUNDIS

Desde lo hondo a Ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
Estén Tus oidos atentos a
la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?

Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.
Mi alma espera en el Señor.

Espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarda Israel al Señor.

Como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y Él redimirá a Israel de todos sus delitos.

V. Dadles, Señor, a todas las almas
el descanso eterno.
R. Y haced lucir sobre ellas
vuestra eterna luz.
V. Que en paz descansen.
R. Amén.